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Mercurey 1er Cru Clos Marcilly Monopole 2016
Les Héritiers Saint-Genys, por Patrice du Jeu
Para entender este vino hay que remontarse, literalmente, a los romanos.
Fueron los romanos quienes, al erigir un templo dedicado a Mercurio, dieron su nombre al pueblo e introdujeron la vid en Mercurey. Así, se han encontrado huellas de la vid en Mercurey y en el Chalonnais desde la Antigüedad. El dios del comercio y los viajeros presidió desde el principio un terruño que, veinte siglos después, sigue produciendo vinos que viajan bien y que merecen ser comerciados con orgullo.
Mercurey, situado en el corazón de la Côte Chalonnaise, a 12 kilómetros de Chalon-sur-Saône, es una de las grandes denominaciones de Borgoña. Protegidos de los vientos húmedos, los viñedos se extienden por las laderas de la llamada «Val d’Or» —el Valle de Oro— hasta el pueblo vecino de Saint-Martin-sous-Montaigu. Los viñedos crecen a altitudes de entre 230 y 320 metros sobre suelos de margas y calizas oxfordienses.
Hoy, Mercurey abarca unas 650 hectáreas de viñedo, con 32 climas clasificados como Premier Cru que representan el 25% de la superficie de la AOC. Es la denominación más extensa de la Côte Chalonnaise, la más voluminosa y, en muchos sentidos, la más ambiciosa. Los tintos de Mercurey son los más profundos en color y en sabor de toda la Côte Chalonnaise, con mayor intensidad y concentración, y con la mejor capacidad de envejecimiento de la región.
El Clos Marcilly: una parcela con memoria
Dentro de esos 32 premiers crus, hay uno que merece capítulo aparte. Su nombre antiguo lo dice casi todo.
La palabra Marcilly vendría del galo march y de los términos del latín tardío mariscus y mariscelleus, que significan «marismas, lugares pantanosos». Un nombre húmedo, terroso, que evoca la tierra tal como era antes de que la vid la transformara. Y es que el Clos Marcilly no es un premier cru cualquiera: fue uno de los cinco primeros premiers crus reconocidos oficialmente en 1943, lo que le convierte en uno de los climas originales y más venerados de toda la denominación.
El Clos Marcilly es una parcela Premier Cru en la parte occidental de la denominación Mercurey, dentro de la sub-región de la Côte Chalonnaise. Es uno de los cinco viñedos Premier Cru originales nombrados en 1943 y, a pesar de su ubicación algo apartada, mantiene una excelente reputación tanto para sus Pinot Noir como para sus Chardonnay. El viñedo amurallado abarca unas 7,5 hectáreas y se encuentra en una suave pendiente orientada al sureste, justo al norte de la aldea de Etroyes.
Las murallas que lo rodean no son un accidente decorativo. Son una armadura: la parcela, completamente cerrada por muros, está así protegida de las heladas más severas. La presencia de un manantial natural le permite no sufrir demasiado en períodos de sequía. La naturaleza, aquí, fue generosa con los detalles.
Y sin embargo, a principios del siglo XXI, este viñedo privilegiado languideció en el abandono. El viñedo amurallado había caído en el descuido a principios de los años 2000. Para 2011, ya no se cultivaban uvas en él. Un Premier Cru con 80 años de reconocimiento institucional, vaciado de vida, dormido entre sus propias murallas.
Patrice du Jeu: el restaurador que se hizo viticultor
Les Héritiers Saint-Genys encarnan el singular recorrido de Patrice du Jeu, antiguo restaurador que se convirtió en viticultor por pasión y convicción. En 2010, retomó un domaine de 12 hectáreas abandonado entre la Côte de Beaune y la Côte Chalonnaise, que reestructuró íntegramente con exigencia y humildad.
Era un hombre que sabía servir el vino antes de saber hacerlo. Que conocía el lado del que se descorcha antes de conocer el lado en que se vendimia. Y quizás por eso —por esa mirada de quien ha visto a la gente beber, emocionarse, recordar— decidió que valía la pena devolverle la vida a un trozo de tierra borgoñona que el tiempo había olvidado.
El domaine emprendió un vasto programa de recuperación de parcelas para devolverles a sus climas el prestigio que antaño conocieron. Instalado en el corazón del pueblo de Chassagne-Montrachet, el domaine Les Héritiers Saint-Genys trabaja algo más de 12 hectáreas de viñas repartidas entre la Côte Chalonnaise y la Côte de Beaune.
En 2011, Patrice du Jeu adquirió el Clos Marcilly en Mercurey. Desde 2017, la tracción animal ha sido reintroducida para el laboreo y la bodega ha sido renovada para beneficiarse de las mejores técnicas de vinificación. El trabajo en viña es razonado, con trabajo mecánico de los suelos, labores, uso del caballo en los viñedos más viejos, y sin ningún herbicida.
El resultado de esa década de trabajo silencioso y meticuloso es lo que tiene usted en la copa.
La añada 2016: la vendimia del milagro
El 2016 en Borgoña fue un año que puso a prueba la fe de los viticultores. Fue una añada que comenzó como una tragedia y terminó como una historia de redención.
La añada 2016 en Borgoña fue un testimonio de la resistencia y el espíritu de los viñedos y viticultores de la región. Enfrentada a graves adversidades climáticas —heladas primaverales, granizo y mildiu— la añada estuvo marcada por rendimientos significativamente reducidos. A pesar de los menores volúmenes de producción, la añada 2016 fue aclamada por su potencial de calidad: los vinos tintos de ese año destacan por su profundidad y complejidad, y la reducción de rendimientos contribuyó a una concentración de sabores que promete evolucionar magníficamente con el tiempo.
Y mientras la Côte d’Or lloraba sus pérdidas, la Côte Chalonnaise sorprendió. Los tintos de la Côte Chalonnaise —de Mercurey, Givry y Rully— ofrecen un valor excelente en 2016, una añada que muestra una vibrante expresión de fruta. En la Côte Chalonnaise, los tintos de 2016 están agradablemente maduros.
Como recordó Jérôme Flous, enólogo del Domaine Faiveley: «la Côte Chalonnaise se ha beneficiado mucho del cambio climático. Antes había varias añadas por década con sabores verdes y acidez marcada, pero hoy eso ya no es un problema». Y el propio James Suckling afirmó: «La añada 2016 tiene una identidad tan grande que, si quieres una lección de Borgoña con fuerte tipicidad, prueba los 2016».
El 2016 es una añada fresca, tensa, vertical. Una añada que habla de lugar antes de hablar de sol.
Ficha técnica
| Denominación | Mercurey 1er Cru AOC — Côte Chalonnaise, Borgoña |
| Climat | Clos Marcilly — Monopole |
| Productor | Les Héritiers Saint-Genys |
| Embotellador | Patrice du Jeu, Chassagne-Montrachet |
| Añada | 2016 |
| Uva | Pinot Noir 100% |
| Suelo | Arcillo-calcáreo, caliza jurásica, a 230 m de altitud |
| Edad media de las cepas | ~60 años |
| Crianza | Barricas de roble francés muy usado, tradición borgoñona |
| Alcohol | ~13 % vol. |
| Servicio | 16-17 °C, decantado 30-45 minutos |
| Potencial de guarda | Beber ahora hasta 2030-2033 |
La cata
La vista — Rubí de invierno borgoñón
En la copa, este Mercurey se presenta con ese rubí profundo y cristalino que es la marca inconfundible de un gran Pinot Noir. No es el rojo opaco del poder bruto, sino el rubí translúcido de la fineza: un color que deja pasar la luz como si el vino no tuviera nada que ocultar. Los tintos de Mercurey son típicamente de color rojo rubí profundo y pronunciado.
El borde es ligeramente violáceo, señal de juventud relativa: con nueve años en botella, este vino no ha llegado todavía a la madurez del ladrillo. Está en ese momento precioso de la primera edad adulta, cuando la fruta aún vive y la complejidad ya asoma. La lágrima es fina, elegante, con buena glicerina pero sin ostentación. Es el llanto discreto de un vino que sabe quién es.
La nariz — El bosque después de la lluvia de septiembre
Acerque la copa. Sin agitar. El primer movimiento de este Marcilly es una bocanada de fruta roja fresca: cereza ácida, frambuesa silvestre, un rastro de arándano. Es la fruta limpia y directa del Pinot Noir de la Côte Chalonnaise en una añada fresca como la 2016 —fruta que no ha sido cocinada por un verano excesivo, fruta que recuerda al fruto recién cogido en el viñedo.
La nariz ofrece cerezas amarenas con sutiles matices terrosos y radicantes que conducen a un Mercurey excepcional. Siga ahí. Aparece ahora el sotobosque húmedo, esa humus de tierra borgoñona que es el sello del terroir calcáreo-arcilloso del Clos Marcilly. Hay también un toque de violeta, delicado y fugaz, como el perfume de una flor que se ve de lejos. Y muy al fondo, apenas insinuado, un susurro de especias dulces —clavo, pimienta rosa— que anuncian que bajo esa elegancia existe estructura.
Notas de madera, un toque de vainilla bourbon, café, notas briochadas y mantecadas, con un pequeño lado de leche de almendra y un punto mineral. La nariz es compleja pero no ruidosa. Habla en voz baja, con la confianza de quien no necesita alzar la voz para ser escuchado.
El paladar — Tensión y seda
La entrada en boca es la revelación de este vino. El ataque es amplio y preciso, sostenido por una bella tensión mineral que equilibra la riqueza de la materia. La textura es sedosa, el vino se estira con elegancia.
Los taninos son la historia más interesante de este Premier Cru. La boca tiene una textura maravillosamente sedosa, a pesar de la impresionante estructura tánica, con un final largo y refinado que deja una pronunciada nota de regaliz. Son taninos finos, educados, que no astringen sino que envuelven; que no detienen sino que prolongan. Es el tacto del Pinot Noir cuando la vid tiene décadas de vida y el viticultor sabe respetar lo que la tierra da.
La acidez —herencia directa de la añada 2016— está presente y viva, como una corriente subterránea que da frescura y longitud a todo. La acidez brillante y equilibrada es una característica clara que subraya el atractivo tanto de los blancos como de los tintos de esta añada. Es esa acidez la que convierte la fruta en algo más que golosina: la transforma en vino verdadero.
El paso de boca ofrece cereza madura, grosella roja, un punto de cacao, especias de caja de madera. La finale deja una sensación persistente de frescura y pureza. El retrogusto es largo, mineral, con ese punto salino y calcáreo que es la firma del suelo del Clos Marcilly.
Es un vino de equilibrio antes que de potencia. De precisión antes que de abundancia. Un Pinot Noir borgoñón, en el sentido más puro y más exigente de esa expresión.
Valoración global
| Aspecto | Puntuación |
|---|---|
| Vista | ★★★★☆ |
| Nariz | ★★★★½ |
| Paladar | ★★★★½ |
| Expresión del terroir | ★★★★★ |
| Relación calidad-precio | ★★★★★ |
| Global | 92-94 / 100 |
El monopolio de lo auténtico
Hay vinos que hablan de marca. Hay vinos que hablan de cosecha. Y hay vinos que hablan de lugar. Este Clos Marcilly Monopole 2016 pertenece a la tercera categoría: es, ante todo, un vino que habla de una parcela de 7,5 hectáreas, cerrada entre muros de piedra, en el Hameau d’Etroyes, con suelos de caliza jurásica y cepas que llevan décadas aprendiendo a leer esa tierra.
Poseer y trabajar un monopole es una responsabilidad de primer orden y se considera un privilegio. Es comparable a lo que Romanée Conti ha hecho famoso con sus propios monopoles como Romanée Conti y La Tâche. Patrice du Jeu, ese restaurador parisino que un día cambió el delantal de sala por las botas de viñedo, tomó ese privilegio con la seriedad que merece.
Un Premier Cru con raza y armonía, reflejo fiel de su Clos y de su monopole, que conjuga fineza, profundidad y serenidad. Esa serenidad es quizás la palabra más justa para este vino: no es un vino que busque impresionar. Es un vino que busca convencer. Y lo consigue, con esa quietud particular de las cosas bien hechas.
En 2026, con nueve años en botella, está en un momento excelente. Puede beberse ya con plena satisfacción o guardarse hasta 2030-2033 si se quiere ver cómo la mineralidad y la fruta se funden en algo aún más unitario y profundo.
«Un grand Bourgogne n’élève pas la voix. Il attend qu’on lui tende l’oreille.»
«Un gran Borgoña no eleva la voz. Espera a que le tiendan el oído.»

José Luis del Campo
José Luis del Campo. Sumiller. Asesor online de bodegas. CEO en Socialmedia Network.

