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Vinho da Madeira DOP — Doce Sweet 5 Years Old Reserva

Vinho da Madeira DOP — Doce Sweet 5 Years Old Reserva

J. Faria & Filhos, Funchal, Ilha da Madeira

J. Faria fue establecida hace más de 60 años y es una pequeña empresa familiar que mantiene un perfil discreto, dejando que sus vinos hablen por ellos. Y lo hacen con elocuencia.

La isla de Madeira tiene un área total de 732 km² y la extensión de la región vitivinícola es de unos 500 hectáreas. Es un paisaje único, caracterizado por la escarpada orografía del terreno. Las condiciones particulares del suelo de origen volcánico, en su mayoría basáltico, y la proximidad al mar, asociadas con las condiciones climáticas de veranos calurosos y húmedos e inviernos suaves, dan al vino características únicas.

J. Faria está dedicada a la producción de vinos de Madeira, licores de fruta y destilados a base de caña de azúcar. Una empresa que no necesita grandes altavoces porque tiene algo mejor: la paciencia de quien sabe que el tiempo, en Madeira, siempre trabaja a su favor.

Ficha técnica

Denominación Vinho da Madeira DOP
Productor J. Faria & Filhos, Lda. — Funchal, Madeira
Estilo Doce / Sweet (Dulce)
Categoría 5 Years Old Reserva
Uva principal Tinta Negra Mole
Proceso Estufagem (calentamiento controlado) + crianza en madera
Crianza mínima 5 años
Alcohol 18-19 % vol.
Azúcar residual Superior a 78 g/l (estilo dulce)
Servicio Ligeramente fresco, 12-14 °C — apertura innecesaria

La cata

La vista — Ámbar de catedral

El color de este Madeira no pide permiso: se impone. Es un ámbar dorado intenso, cálido, con destellos cobrizos que recuerdan al caramelo fundido o al interior de una iglesia iluminada por velas. No hay en él la transparencia juvenil de un vino blanco: tiene el color de algo que ha pasado por el fuego y ha salido transformado, más oscuro y más sabio.

Es notablemente más oscuro que otros estilos de la misma serie, con una profundidad de color que anticipa la intensidad de lo que viene.  La lágrima es densa, oleosa, casi glicerinada; resbala lenta por el cristal como miel tibia. No tiene prisa este vino. Lleva cinco años aprendiendo a moverse así.

La nariz — La despensa de una abuela portuguesa

Acerque la copa y no haga nada. Espere. El primer gesto olfativo de este Madeira es una bocanada cálida, dulce y ahumada: caramelo tostado, pasas de Corinto, higos secos al sol. Es una nariz generosa, sin complejos, que no guarda secretos para una segunda cita.

Los aromas revelan tonos de roble, pasas y miel, con notas de tierra y madera que se entretejen en el fondo. Hay también un toque de frutos secos tostados —avellana, almendra ligeramente quemada— que es la huella inconfundible del proceso de estufagem, ese calentamiento deliberado que carameliza los azúcares y transforma el vino en algo que ninguna otra región del mundo sabe hacer.

El perfil ofrece notas de frutas desecadas, caramelo y una calidez de frutos secos, equilibrados por una dulzura sutil que perdura. Con el tiempo en copa, y el vino es paciente, aparece también una nota de cáscara de naranja confitada, un guiño cítrico que corta la dulzura y le da tensión. Y al fondo, muy al fondo, casi como un susurro: vainilla, nuez moscada, un punto de madera tropical.

Es una nariz honesta, directa, sin pretensiones de grandeza pero con una identidad fortísima. Huele, inequívocamente, a Madeira.

El paladar — Dulce con columna vertebral

La entrada en boca es dulce, sí, pero no empalagosa. Y esto es lo que distingue a un buen Madeira de cualquier imitación posible: la gran frescura, la fuerte acidez y la gran complejidad, con un amplio bouquet de aromas propios de la crianza — frutos secos, avellanas, higos, pasas, vainilla, piel de naranja, chocolate, miel — hacen de estos vinos algo complejo, rico, intenso, de enorme longevidad.

La acidez es la que manda aquí. Es viva, casi vibrante, y es ella quien salva al vino de convertirse en un jarabe: actúa como columna vertebral, como espina dorsal que sostiene todo el dulzor sin dejarlo caer. En boca encontramos caramelo, ciruela pasa, dátil, almendra tostada y ese punto de chocolate con leche que aparece en los Madeiras dulces bien hechos.

El paladar es agradable, suave y jugoso, con buena acidez y un final caramelizado. Bastante bueno. El final es largo, cálido, persistente. La dulzura no se va de golpe sino que se desvanece en suaves oleadas, dejando un rastro de fruta confitada y un punto salinizado —ese sello mineral del suelo volcánico— que invita a volver a beber.

Estos vinos elaborados con Tinta Negra ofrecen una experiencia refrescante y suave cuando se sirven ligeramente frescos. Es un consejo que merece respetarse: la ligera frescura abre el vino, aguza la acidez y convierte algo ya bueno en algo memorable.

El maridaje — Saber con quién compartirlo

Este Madeira dulce de 5 años es un vino de frontera: funciona en varios momentos y con varios compañeros de mesa.

Como aperitivo, ligeramente fresco, sorprende y descoloca en el buen sentido: su acidez lo hace más vivo de lo esperado para su dulzor. Con foie gras, con patés de hígado, con quesos azules —un Roquefort, un Gorgonzola— la combinación es clásica y perfecta: dulce contra salado, untuosidad contra acidez.

Con postres: tartas de frutos secos, bizcochos de almendra, cremas caramelizadas, bolo de mel —el pastel tradicional de Madeira con especias y melaza— o chocolate negro de intensidad media. También funciona, de manera sorprendente, con salsas agridulces en carnes de caza o pato.

Este J. Faria & Filhos Doce Sweet 5 Years Old no es el Madeira más complejo del mundo, ni pretende serlo. Es un Madeira joven, accesible, honesto y bien hecho; una puerta de entrada perfecta a una de las grandes tradiciones vinícolas de Europa.

Pedro Guerra

Amante del vino. Siempre a la búsqueda de nuevos vinos que poder recordar.

Por Pedro Guerra

Amante del vino. Siempre a la búsqueda de nuevos vinos que poder recordar.