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Château Lascombes 1983

Château Lascombes 1983 — Grand Cru Classé de Margaux

Una cata en el umbral del tiempo

El vino que sobrevivió cuatro décadas

Abrir una botella de Château Lascombes de 1983 en 2026 no es solo descorchar un vino. Es levantar la tapa de una pequeña urna del tiempo, dejar escapar 43 años de silencio, de paciencia, de oscuridad voluntaria en la bodega. Es escuchar a un vino hablar por fin, tras décadas de meditación.

El año 1983 en el Médoc fue, para los que entienden de estas cosas, un regalo con envoltorio irregular. El verano fue cálido y seco, la madurez de la uva llegó con plenitud, pero el otoño no fue generoso del todo: algunas lluvias sacudieron la vendimia en el momento más decisivo. Los vinos clásicos del Médoc de ese año son elegantes y se encuentran en su punto óptimo, lo que convierte este 2026 en un momento casi cinematográfico para abrirlos: ni demasiado pronto, ni demasiado tarde. El instante justo.

Château Lascombes, ese segundo cru classé nacido en el siglo XVII en la comuna de Margaux, lleva en sus vinos la capacidad de combinar potencia y elegancia, con una complejidad aromática que solo se revela con los años . Y en 1983, cuando el mundo escuchaba a The Police y Ronald Reagan gobernaba América, este vino comenzó su larga espera.

Ficha técnica

Denominación Margaux AOC, Haut-Médoc, Burdeos
Clasificación Deuxième Grand Cru Classé (1855)
Añada 1983
Edad en copa 43 años (catado en marzo de 2026)
Blend aproximado Cabernet Sauvignon (~55%), Merlot (~35%), Petit Verdot (~5%), Cabernet Franc (~5%)
Servicio Decantado 60-90 minutos, servido a 16-17 °C

La Cata

La vista — El crepúsculo en la copa

El color no miente nunca en un vino de edad. Este Lascombes se presenta en la copa con ese rojo ladrillo teja que es la firma del tiempo, de esa transformación lenta e inevitable que el oxígeno y los años obran sobre los pigmentos antociánicos. El borde es anaranjado, casi ambarino, como el último destello de una tarde de octubre en los viñedos de Margaux. El núcleo conserva todavía cierta profundidad, una oscuridad rubí que habla de la concentración de aquella vendimia. Es translúcido, no opaco. Límpido como una confesión honesta.

La lágrima resbala lenta, untuosa, con la dignidad de quien no tiene ya prisa por ningún sitio.

La nariz — El perfume de lo que fue

Acerque la copa despacio. No la agite todavía. El primer aroma llega tímido, casi pudoroso: cedro seco, ese cedro de caja de puros añeja que es la voz inconfundible del Médoc maduro. Luego, con suavidad, aparece el tabaco de hebra, el cuero trabajado, la tierra húmeda de bosque después de la lluvia de otoño.

Gire la copa. Ahora el vino se abre como una flor nocturna. Llegan aromas de cardamomo, madera mojada, fruta negra cocida, balsámico, y ese suelo de bosque tan característico de un Médoc de edad. Hay también una nota de confitura de ciruela, casi dulce, que recuerda que detrás de toda esa evolución hubo un verano generoso, hubo fruta madura en la vid.

Si uno se detiene más, encuentra algo más íntimo y más raro: un susurro de violeta marchita, de rosas secas entre páginas de libro, de tinta antigua. Es la promesa de lo que fue este vino en su juventud, preservada como una acuarela que el tiempo ha ido difuminando pero no ha borrado del todo.

Sin defectos perceptibles. La botella ha sobrevivido con integridad. Es, en ese sentido, una botella con suerte.

El paladar — La despedida más elegante

En boca, este Lascombes 1983 es un poema en su última estrofa, pero qué última estrofa. La entrada es sedosa, casi ingrávida. La acidez está presente y viva, con fruta casi dulce de cassis y un fondo mineral que sostiene todo. Los taninos, que debieron ser formidables en los primeros años de vida de este vino —astringentes, casi hostiles como taninos jóvenes de Médoc—, se han disuelto en algo extraordinario: una textura aterciopelada, de una suavidad que solo los años otorgan.

El paso de boca es elegante, de cuerpo medio, con notas de café frío, regaliz, tabaco dulce y un final que evoca la madera de sándalo y la cereza en aguardiente. La acidez viva y el mineral en el fondo son los que sostienen el conjunto y alargan el final, que se extiende unos quince, veinte segundos antes de apagarse dulcemente, como la última nota de un piano en una sala vacía.

No es un vino de potencia ya. Es un vino de memoria y de gracia.

La reflexión — Abrirlo hoy

En 2026, este vino está en lo que los franceses llaman su plateau final, ese tramo de la vida donde el vino no mejora ya, sino que simplemente es. La complejidad aromática de un Lascombes se revela plenamente con los años, y su estructura evoluciona hacia algo siempre más suave y refinado en botella . Ese momento ha llegado y está pasando ahora mismo.

Abrirlo en 2026 es un acto de responsabilidad afectuosa hacia él. Esperarlo demasiado sería ingratitud.

La puntuación no alcanza

Si hubiera que poner número —y qué pobre gesto sería—, este vino merece 91-93 puntos en su estado actual, con una botella en condiciones perfectas. Pero los puntos no capturan lo que tiene este Lascombes: la melancolía hermosa de lo que sobrevive, la rarísima elegancia de un gran vino que ha llegado a la vejez sin perder la dignidad.

Sírvelo con un queso comté añejo, una liebre a la royal, o simplemente con silencio y buena compañía. No lo marides con conversaciones ruidosas. Este vino merece que se le escuche.


«El gran vino no envejece. Se transforma. Y si es generoso, nos deja presenciar esa transformación.»

José Luis del Campo
CEO en Socialmedia Network

José Luis del Campo. Sumiller. Asesor online de bodegas. CEO en Socialmedia Network.

Por José Luis del Campo

José Luis del Campo. Sumiller. Asesor online de bodegas. CEO en Socialmedia Network.