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La gamificación llega a las bodegas: como el enoturismo busca captar a los más jóvenes

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gamificación y enoturismo

El sector del enoturismo se enfrenta a un reto tan incómodo como urgente: los visitantes llegan cansados y lo que menos quieren es otra clase magistral

Hay una escena que se repite a lo largo de las principales rutas del vino del mundo con una regularidad que debería inquietar al sector. Un grupo de turistas llega a su cuarta o quinta bodega del día. Vienen con los pies doloridos, el paladar algo entumecido y la cabeza llena de datos sobre terroirs, varietales y técnicas de vinificación. El guía empieza a hablar sobre la historia de la finca, el tipo de suelo y las características de la añada. Los visitantes asienten con la vista ligeramente perdida. Al final de la cata, muchos se van sin comprar una sola botella.

Este diagnóstico, tan incómodo como preciso, está en el centro del debate que está sacudiendo al enoturismo en estas primeras semanas de 2026. La reflexión parte de un hecho sencillo: los visitantes que llegan cansados a la quinta bodega del día no están ahí porque no quieran vino, sino porque no quieren otra clase sobre él. La solución que cada vez más bodegas innovadoras están explorando tiene un nombre que suena a videojuego pero que funciona con resultados concretos: gamificación.

El concepto en sí no es nuevo. La industria del entretenimiento lleva décadas sabiendo que convertir una tarea en un juego multiplica la motivación, la atención y la satisfacción del participante. Lo que está ocurriendo ahora es que las bodegas más avanzadas empiezan a aplicar esa lógica a sus experiencias de visita con resultados sorprendentes: más reseñas positivas espontáneas, mayor retención de marca, y —lo más importante desde la perspectiva comercial— más botellas que acaban en la bolsa del visitante al salir.

¿En qué consiste concretamente la gamificación en una bodega? Los formatos son variados. Algunas apuestan por juegos de identificación visual en los que el visitante debe reconocer elementos simbólicos ligados a la historia de la bodega, como objetos o detalles escondidos en los espacios productivos. Otras organizan búsquedas del tesoro por los viñedos, con pistas ocultas entre las hileras de cepas o en las zonas de producción, que obligan al visitante a desplazarse físicamente por el espacio y a fijarse en detalles que de otro modo pasarían desapercibidos.

Hay incluso bodegas que han convertido sus propias instalaciones en tableros de juego: las barricas se convierten en escenarios para desafíos y acertijos, las botellas apiladas en puzzles que resolver. El entorno, que hasta ahora funcionaba como mero telón de fondo de la cata, pasa a ser el corazón de la experiencia.

El impacto de estos cambios en el comportamiento del visitante va más allá de lo anecdótico. Las bodegas que han implementado este tipo de dinámicas reportan que sus visitantes generan reseñas online de forma espontánea con mucha mayor frecuencia que quienes participan en catas tradicionales. La lógica es sencilla: uno no sube a Instagram una foto de una cata seria, pero sí comparte el momento en que acaba de resolver un enigma entre barricas o encuentra la última pista de una búsqueda del tesoro entre viñedos.

La gamificación además responde a algo que el Global Wine Tourism Report 2025 —elaborado por la Universidad de Geisenheim en colaboración con la OMT y la OIV— ya identificaba como tendencia estructural: las expectativas de los visitantes se orientan cada vez más hacia experiencias inmersivas que los conecten emocionalmente con las personas y las historias detrás de la bodega.  La compra de una botella al final de la visita es, en este contexto, la consecuencia natural de haber vivido algo memorable, no el objetivo explícito de un discurso comercial.

Nada de esto implica renunciar a la educación enológica. El punto es más sutil: saber leer en qué momento el visitante quiere aprender y en cuál necesita simplemente pasarlo bien. Las dos cosas pueden coexistir, y las bodegas más inteligentes están aprendiendo a alternarlas con fluidez. Un reto de identificación de aromas puede ser más formativo que una explicación técnica sobre fermentación maloláctica, y además resulta infinitamente más divertido.

En un contexto en el que el sector vitivinícola lleva años mirando con preocupación la caída del consumo entre los jóvenes adultos, el enoturismo gamificado podría ser uno de los puentes más eficaces para tender hacia ese público. No se trata de banalizar el vino ni de convertir la bodega en un parque temático, sino de comprender que la puerta de entrada a la cultura del vino no tiene por qué ser siempre una cata formal. A veces, un buen acertijo entre cepas centenarias vale más que cualquier discurso sobre el terroir.

Sobrelías Redacción

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