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Tres años de resistencia y un frenazo: el consumo de vino en España retrocede y el sector recalibra sus expectativas

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consumo de vino en España

Después de un periodo de relativa estabilidad que muchos interpretaban como la señal de recuperación esperada, las cifras de 2025 devuelven al sector a la incertidumbre

Durante casi tres años, el sector del vino español se aferró a un dato que le permitía mirar con cierto optimismo hacia adelante: el consumo se mantenía estable pese a la inflación, pese al aumento de precios y pese a los cambios de hábito que sacudían a otras categorías de bebidas. Entre finales de 2022 y el verano de 2025, las cifras de consumo oscilaron en una horquilla acotada, entre los 9,6 y los 9,9 millones de hectolitros, lo que permitió al sector aguantar el tipo tras los años más duros del encarecimiento generalizado de la vida.

Esa estabilidad se ha roto. Los últimos datos de la Interprofesional del Vino de España (OIVE), con cifras hasta noviembre de 2025, muestran un retroceso del 4% en el consumo aparente, que ha caído hasta los 9,4 millones de hectolitros. El punto de inflexión llegó en julio de 2025, cuando la tendencia cambió de dirección de forma progresiva, con la caída más pronunciada registrándose en los meses de otoño. Una decepción adicional para quienes habían interpretado los primeros meses del año, que sí mostraron leves señales de recuperación, como el inicio de una nueva etapa.

El dato positivo, casi solitario en el panorama, llega del canal de la hostelería. Las ventas de vino en bares y restaurantes crecieron tanto en volumen como en valor durante el periodo analizado, lo que sugiere una cierta disposición del consumidor a gastar en vino cuando sale a comer o cenar, aunque de forma contenida y selectiva. El problema está en el hogar, donde el retroceso es más pronunciado y estructural: el vino que se compraba para la despensa sencillamente ya no se compra con la misma frecuencia ni en las mismas cantidades.

Los factores que han empujado la demanda hacia abajo son múltiples y se alimentan entre sí: la sensibilidad social creciente ante el consumo de alcohol, el incremento de impuestos especiales y advertencias sanitarias en algunos mercados, el impacto del cambio climático en la producción, la influencia de las redes sociales en los hábitos de vida y una tendencia cultural hacia el bienestar físico que penaliza especialmente al vino frente a otras bebidas.

El horizonte tampoco invita al optimismo inmediato. La Comisión Europea ha calificado ya como estructural, y no cíclico, el descenso del consumo de vino en la Unión Europea. Eso significa que no basta con esperar a que la economía mejore o la inflación baje para que las cifras se recuperen solas. El sector necesita algo más difícil de conseguir a corto plazo: convencer a nuevas generaciones de consumidores de que el vino tiene un lugar en su manera de disfrutar de la vida.

Sobrelías Redacción

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