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Investigadores españoles y europeos trabajan en variedades resistentes al mildiu y al oídio que prometen transformar la viticultura ecológica y convencional en los próximos años
El viñedo tiene una relación complicada con los productos químicos. Aunque representa apenas el 3% de la superficie agrícola mundial, la vid recibe el 20% de todos los fungicidas que se aplican en el planeta. Una desproporción que dice mucho sobre lo vulnerable que es esta planta a las enfermedades fúngicas y sobre el coste económico y ambiental que esa vulnerabilidad tiene cada temporada para los productores de vino de todo el mundo.
Hay, sin embargo, una respuesta que la ciencia lleva años trabajando y que empieza a dar sus primeros frutos comerciales: el desarrollo de variedades de vid que han incorporado genéticamente resistencias naturales frente a las enfermedades más devastadoras del viñedo. El proyecto europeo GRAPEBREED4IPM, en el que participa el centro tecnológico vasco NEIKER, trabaja específicamente en variedades capaces de hacer frente al mildiu, el oídio, el black rot y la botritis, las cuatro grandes amenazas fúngicas que condicionan la gestión del viñedo en toda Europa.
Los resultados preliminares son prometedores. En proyectos ya avanzados como el VRIAC, desarrollado en Cataluña, la aplicación de variedades resistentes ha permitido reducir en más de un 90% el uso de cobre y azufre en el viñedo, lo que supone elaborar vinos más limpios y con menor impacto sobre el suelo y el entorno. En el caso del proyecto europeo GrapeBreed4IPM, las estimaciones hablan de reducciones cercanas al 20% al finalizar el programa, con perspectivas a largo plazo que apuntan a recortes de hasta el 50% en las condiciones más favorables.
En España, los estudios más avanzados trabajan con nueve variedades de uva, cinco blancas y cuatro tintas, entre las que figuran la Fleurtai, Soreli, Cabernet Eidos o Merlot Khorus. Los resultados preliminares son esperanzadores: algunas de ellas presentan tolerancias muy elevadas al oídio y al mildiu, lo que podría traducirse en reducciones de entre el 50% y el 75% en el uso de productos fitosanitarios.
El reto que tiene por delante el sector es doble. Por un lado, lograr que estas nuevas variedades mantengan la calidad enológica y la identidad que los consumidores esperan en sus vinos favoritos. Por otro, superar las reticencias regulatorias y culturales que en algunos países y denominaciones de origen dificultan la introducción de variedades no tradicionales. Alemania, Francia y Suiza llevan ventaja en este camino: ya tienen en el mercado vinos elaborados con cero tratamientos fitosanitarios, elaborados a partir de variedades resistentes, que empiezan a competir con los caldos convencionales. España no puede permitirse seguir mirando ese proceso desde la barrera.

Sobrelías Redacción
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