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Hay quien diría que la música y el vino tienen mucho en común: ambos apelan a los sentidos, generan emociones difíciles de describir con palabras y crean comunidades de seguidores fieles. Kylie Minogue lo descubrió antes que nadie, y lo convirtió en un negocio que hoy mueve cifras que harían sonrojar a más de una bodega con siglos de historia a sus espaldas.
En apenas seis años —los que separan el lanzamiento de su primera botella en mayo de 2020 de su aparición en Wine Paris 2026— la cantante australiana ha logrado acumular la nada desdeñable cifra de 25 millones de botellas vendidas en más de 30 países. Para hacerse una idea de lo que eso representa: son más de 125 millones de copas servidas en todo el mundo, desde los bares de Sídney hasta las licorerías de Manhattan.
La génesis del proyecto es, en realidad, bastante anterior a su lanzamiento. Minogue admite que su primer contacto serio con el vino ocurrió cuando visitó Francia con 21 años, acompañada por el músico Michael Hutchence de INXS. Décadas después, cuando grababa su álbum Golden en Nashville en 2017, empezó a dar forma a la idea de crear su propia marca. El resultado llegó con la colaboración con Paul Schaafsma, consejero delegado de la distribuidora Benchmark Drinks, quien ya había impulsado marcas similares para celebridades como Gary Barlow o Gordon Ramsay.
Lo verdaderamente llamativo del caso Minogue no es tanto que una famosa haya prestado su nombre a unas botellas, sino la inteligencia con la que se ha diseñado el porfolio de productos. Lejos de caer en la tentación de lanzar un vino tinto de prestigio que poco aportaría a su imagen de marca, el equipo optó por concentrarse exclusivamente en las categorías con mayor crecimiento en el mercado actual. La gama se construyó enteramente sobre rosados asequibles, prosecco, prosecco rosado y vinos sin alcohol —categorías que según los analistas del sector representan los segmentos de mayor expansión en el mercado actual.
La apuesta estratégica fue perfecta. El Signature Rosé se ha convertido en el rosado de marca premium más vendido del Reino Unido, mientras que el Prosecco Rosé acapara el 30% de la cuota de mercado en su categoría. Por si fuera poco, su gama de espumosos sin alcohol ha impulsado el 33% de todo el crecimiento del segmento bajo y sin alcohol en los últimos dos años en el mercado británico. Unos datos que, francamente, muchas marcas consolidadas envidiarían.
La visita de Minogue a Wine Paris 2026 fue uno de los momentos más comentados de la feria. La imagen de la «princesa del pop» —con 57 años y 11 millones de oyentes mensuales en Spotify— compartiendo espacio con propietarios de châteaux centenarios y negociantes de vinos de alta gama generó cierta perplejidad entre los más puristas del sector. Ella, sin embargo, manejó la situación con la soltura de quien lleva décadas siendo objeto de atención mediática. Pasó dos jornadas en la feria atendiendo reuniones en el interior de su stand, decorado con flores y lazos en el rosa pálido corporativo de la marca, sin presumir de profundos conocimientos enológicos, pero demostrando una agudeza empresarial fuera de toda duda.
Y lo que resulta más interesante: la crítica especializada ha respaldado la calidad del producto. Patrick Schmitt, director editorial de The Drinks Business, concedió una medalla de oro al rosado de Provenza de Kylie en una cata a ciegas, y los principales portales de valoración como Vivino o Decanter han dado puntuaciones positivas a sus referencias más vendidas. El debate sobre si las marcas de celebridades son beneficiosas para el sector parece estar resolviéndose, al menos en este caso, a favor de Minogue.
El sector del vino lleva años con la mirada puesta en cómo atraer a las generaciones más jóvenes, que consumen menos alcohol y cuando lo hacen se orientan hacia bebidas más asequibles. La irrupción de una figura como Kylie Minogue, capaz de hablar a ese público con naturalidad y sin condescendencia, podría estar haciendo por la cultura del vino lo que ninguna campaña institucional había conseguido: que la copa de rosado resulte apetecible y deseable para quienes jamás pisarían una cata tradicional.

Sobrelías Redacción
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