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Un sector que durante décadas fue sinónimo de prosperidad agrícola se enfrenta hoy a la tormenta perfecta: sobreproducción acumulada, demanda en retirada y costes que ahogan a generaciones enteras de agricultores.
Un modelo productivo que se quebró
Durante más de dos décadas, California construyó su supremacía vitivinícola sobre un principio aparentemente infalible: más tierra, más uva, más vino. La vendimia de 2018 fue la más cuantiosa de su historia, y nadie en aquel momento imaginaba que ese récord marcaría el inicio de una espiral descendente que hoy amenaza con redefinir por completo el mapa vitícola del estado más productivo de Estados Unidos.
Los números hablan por sí solos. Entre octubre de 2024 y agosto de 2025, los agricultores californianos arrancaron más de 38.000 acres de viñedo —aproximadamente el 7% de la superficie total cultivada—, una operación de desmantelamiento masivo que no tiene parangón en la historia reciente del sector. Y según Jeff Bitter, presidente de Allied Grape Growers, la sangría podría continuar: estima que al menos otras 40.000 acres más serán eliminadas a lo largo de 2026, lo que supondría acercar la superficie productiva a un equilibrio real con una demanda que ya no tiene intención de recuperar sus cotas anteriores.
Lo que hace especialmente dolorosa esta reconversión es su alcance geográfico. No son solo las zonas menos reputadas del Valle Central las que sufren: el condado de San Joaquín perdió casi 7.800 acres, Fresno otros 6.250 y, lo que resultó más sorprendente para la industria, incluso Napa y Monterey vieron desaparecer miles de acres de sus registros. Ni el prestigio del terruño ni la fama de ciertas variedades han resultado ser un escudo suficiente.
La cosecha que nadie quiso
La crisis no se manifiesta únicamente en los aranceles o en las estadísticas de exportación: se ve, físicamente, en los racimos que pudren colgados de las cepas. En la región de Lodi, conocida históricamente por su Zinfandel, los campos abandonados se han convertido en una postal perturbadora: hectáreas enteras de uva sin recoger, lo que los medios locales han descrito como ‘parcelas fantasma rodeadas de fruta en descomposición’.
La cosecha de 2024 fue la más escasa en veinte años, con apenas 2,8 millones de toneladas recogidas, un descenso del 23% respecto al año anterior. Y la de 2025 apunta a ser todavía más exigua, moviéndose en una horquilla de entre 2 y 2,5 millones de toneladas. El director de la Comisión Vinícola de Lodi, Stuart Spencer, anticipó una caída adicional de 400.000 toneladas. Estos números no responden a catástrofes climáticas ni a plagas devastadoras, sino a una decisión comercial: simplemente no había contratos, no había compradores, no había mercado.
En el condado de Amador, el 60% de la uva de 2024 quedó sin recoger por falta de acuerdos comerciales, y para 2025 los productores proyectaban una reducción del output de entre el 50% y el 70%. Grandes operadores como Constellation Brands o Jackson Family Wines recortaron drásticamente sus compras. El propio consejero delegado de operaciones de esta última compañía reconoció públicamente que la firma estaba evaluando despejar y reconvertir parte de las aproximadamente 35.000 hectáreas de viñedo que gestiona en todo el mundo.
El coste de producir se ha disparado, el precio de vender se ha hundido
Si la demanda débil es el síntoma más visible de la enfermedad, los costes de producción son la fiebre que la agrava sin descanso. Chris Indelicato, de Delicato Family Wines, puso cifra al problema: cultivar una hectárea de viñedo cuesta hoy un 65% más que hace apenas cinco años. La energía, la mano de obra, el agua y los materiales agrícolas han encarecido hasta el punto de que el precio que las bodegas están dispuestas a pagar por una tonelada de uva no cubre lo que cuesta producirla. En Mendocino, un viticultor llegó a vender 210 toneladas de Chardonnay a 500 dólares la tonelada, el precio mínimo para cubrir únicamente los gastos de vendimia. En Dry Creek Valley, propietarios de viñedo optaron por ceder en arrendamiento sus tierras como única alternativa para no entrar en pérdidas.
El mercado del vino a granel —termómetro habitual de la salud del sector— acumuló en 2023 unos 30 millones de galones de inventario, más del doble de lo que se considera un stock saludable. Muchos productores optaron por volcar su producción en cadenas de supermercados con marcas blancas o en plataformas de venta online como Instacart, sacrificando margen a cambio de liquidez. Los bancos, por su parte, empezaron a endurecer las condiciones de financiación para empresas del sector vitivinícola y se espera que en 2026 algunas entidades comiencen a ejecutar garantías hipotecarias sobre explotaciones que llevan meses sin poder atender sus compromisos.
El relevo generacional que no llegó
Detrás de la crisis de demanda hay un cambio cultural de fondo que los analistas llevan años advirtiendo sin que el sector haya logrado articular una respuesta colectiva eficaz. Los baby boomers, columna vertebral del consumo de vino en Estados Unidos durante décadas, están envejeciendo y reduciendo su ingesta de alcohol. Y las generaciones que deberían relevarlos —millennials y centennials— están construyendo sus hábitos de consumo sobre coordenadas muy distintas: bebidas sin o con baja graduación, cócteles listos para tomar, kombucha, agua con gas premium… El vino, con su imagen percibida como sofisticada pero también como rígida y poco accesible, está perdiendo terreno en esa batalla cultural.
Las encuestas más recientes reflejan que el número promedio de bebidas consumidas por semana entre los adultos estadounidenses que beben cayó de 3,8 en 2024 a 2,8 en 2025. Solo el 50% de los jóvenes de entre 18 y 34 años consume bebidas alcohólicas con regularidad. Y el 12% de la población total ha optado directamente por el consumo cero. Estos cambios de comportamiento no son una moda pasajera; son el reflejo de una transformación en los valores sociales vinculados al bienestar, la salud y la moderación.
Stephanie Gallo, directiva de la bodega GALLO —la mayor productora de vino de EE.UU.—, ha insistido en que el sector necesita repensar no solo su precio sino toda su narrativa: la manera en que se comunica, los contextos en que se propone, el tipo de experiencia que ofrece. El precio por copa en restaurantes se ha convertido en una barrera de entrada especialmente disuasoria para consumidores jóvenes. El sector se enfrenta, en definitiva, al reto de democratizarse sin perder su identidad.
El peso humano de la crisis
Más allá de los datos macroeconómicos, la crisis tiene un rostro humano que resulta difícil de ignorar. Natalie Collins, presidenta de la Asociación de Productores de Uva de Vino de California, describió la situación en términos que trascienden lo estrictamente financiero: ‘No es solo una dificultad comercial; es una crisis personal y emocional para quienes han dedicado su vida a cultivar’. Muchas explotaciones llevan cuatro, cinco o seis generaciones en manos de la misma familia. El viñedo es patrimonio, historia y proyecto de futuro. Perderlo supone algo que no tiene cabida en ningún balance contable.
En San Joaquín, el elevado coste de cumplir la estricta normativa medioambiental californiana para el arranque y la eliminación de cepas ha llevado a muchos propietarios a optar por el abandono puro y simple de las parcelas, dejándolas en barbecho. Esta solución, aparentemente menos costosa a corto plazo, genera nuevos problemas: los viñedos abandonados se convierten en focos de plagas —especialmente de cigarrilla— y enfermedades que se propagan a las explotaciones vecinas en activo. El abandono no es gratis; tiene un coste ambiental y epidemiológico que el conjunto del sector termina pagando.
Ante la pasividad legislativa —la comisión senatorial específica para el vino de California no se ha reunido desde noviembre de 2023—, algunos productores están explorando reconversiones agrícolas. El agave, los arándanos, las aceitunas y los frutos secos como las almendras están sustituyendo a las cepas en zonas donde la viticultura ya no resulta económicamente viable. Una transformación silenciosa del paisaje que dibuja el final de una era.
¿Hay luz al final del túnel?
No todo son malas noticias. El informe anual de Silicon Valley Bank sobre el estado de la industria vinícola estadounidense, publicado en enero de 2026, apuntó a que el mercado podría estar aproximándose al punto de inflexión y que cabría esperar un modesto crecimiento en los próximos dos años. Las ventas del sector cayeron un 2% en volumen y un 1,6% en valor durante 2025, pero la tasa de deterioro es menor que la de 2024, lo que algunos interpretan como una señal de estabilización.
El simposio Unified Wine and Grape Symposium, celebrado en Sacramento a finales de enero de 2026 y que congregó a miles de profesionales del sector, marcó un giro en el discurso colectivo: si en años anteriores el debate giraba en torno al reconocimiento del problema, en esta edición el foco se trasladó a la planificación de la estabilización y la exploración de oportunidades futuras. Según Bitter, si California eliminase las 40.000 acres adicionales previstas, la superficie resultante de unas 425.000-430.000 acres estaría mucho más alineada con los niveles reales de demanda. La industria, en definitiva, está aprendiendo a vivir más pequeña. El reto es que ese aprendizaje no llegue demasiado tarde para quienes la sostienen.

Sobrelías Redacción
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