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Un análisis genético ha confirmado que la variedad de uva Kolorko, cultivada en Turquía, y la Furmint húngara son en realidad la misma cepa. El hallazgo establece un vínculo inesperado entre dos tradiciones vitivinícolas aparentemente distantes.
Confirmación científica
El genetista suizo José Vouillamoz realizó el perfil de ADN que reveló esta identidad genética. Las muestras de Kolorko fueron facilitadas por Seyit Karagözoğlu, responsable de la bodega Paşaeli, y los resultados se verificaron mediante pruebas independientes repetidas para garantizar su precisión.
La Kolorko se cultiva actualmente en la región tracia de Turquía, específicamente en la zona entre Şarköy y Tekirdağ, un territorio fuertemente influenciado por las condiciones marítimas del Mar de Mármara.
Una conexión histórica del siglo XVIII
Karagözoğlu e István Szepsy Jr., reconocido productor de Furmint en la región de Tokaj, sugieren una explicación histórica que sitúa el origen de esta conexión a principios del siglo XVIII.
Tras ser derrotado por los Habsburgo en 1708, el príncipe húngaro Francisco II Rákóczi, figura clave del movimiento independentista magiar, marchó al exilio. Su itinerario le llevó primero a Polonia y Francia, hasta que finalmente se instaló en territorio otomano, concretamente en Tekirdağ (conocida entonces como Rodosto). Le acompañó un nutrido grupo de nobles húngaros.
Aunque no existen documentos escritos que certifiquen el traslado de esquejes de vid, este contexto histórico ofrece un marco coherente para comprender cómo la Furmint pudo llegar a tierras turcas durante aquel periodo.
Rescate de una variedad amenazada
Durante las últimas décadas, la Kolorko estuvo al borde de la desaparición en los viñedos turcos. El trabajo de conservación desarrollado por la Bodega Paşaeli a lo largo de dos décadas permitió salvar la variedad. Desde 2009, esta bodega elabora un vino monovarietal con estas uvas.
Valoraciones
Este hallazgo evidencia los profundos lazos entre el vino y la historia europea», señala Vouillamoz. «Kolorko y Furmint comparten genética, pero sus vinos narran historias distintas moldeadas por diferentes climas, culturas y épocas».
Por su parte, István Szepsy Jr. destaca el valor del descubrimiento: «La identificación de Kolorko como Furmint constituye un ejemplo excepcional de cómo la genética contemporánea puede recuperar capítulos perdidos de la historia del vino, conectando a Hungría y Turquía mediante un legado vitícola común que atraviesa más de trescientos años».
El hallazgo abre la posibilidad de organizar en el futuro degustaciones comparativas entre vinos elaborados con Kolorko y Furmint, lo que permitiría apreciar cómo el mismo material genético expresa características distintas según su entorno.

Sobrelías Redacción
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