Greenweashing en el vino

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El consumidor de vino está cambiando.

No significa que haya dejado de interesarse por el vino. Tampoco que todos los consumidores quieran beber menos, ni que las nuevas generaciones hayan abandonado las bodegas y las denominaciones de origen.

El cambio es más profundo.

Enoturismo en verano una pareja paseando entre viñedos

Está cambiando la relación que tenemos con el vino.

La frecuencia de consumo, las ocasiones en las que bebemos, la importancia del precio, la búsqueda de experiencias, el interés por la sostenibilidad, el auge del enoturismo y la aparición de alternativas sin alcohol están configurando un nuevo escenario para las bodegas y para todo el sector vitivinícola.

El nuevo consumidor no tiene necesariamente que ser quien más vino compra.

Puede ser quien elige mejor cuándo, cómo y por qué consumirlo.

Y esta diferencia puede ser determinante para entender el futuro del vino.

El consumidor de vino ya no responde a un único perfil

Durante mucho tiempo, hablar del consumidor de vino implicaba pensar en un perfil relativamente definido.

Una persona adulta, con determinados hábitos gastronómicos, que compraba vino para consumirlo principalmente en casa, en restaurantes o durante celebraciones.

Ese perfil continúa existiendo.

Pero ahora convive con muchos otros.

Está quien compra una botella porque quiere descubrir una variedad.

Quien busca un vino para una comida concreta.

Quien visita una bodega durante un viaje.

Quien está interesado en vinos ecológicos.

Quien compra directamente al productor.

Quien descubre una referencia a través de las redes sociales.

Quien consume vino únicamente en determinadas ocasiones.

Quien quiere reducir su consumo de alcohol.

Y quien quiere acercarse al mundo del vino sin consumir alcohol.

Por eso, el nuevo consumidor de vino no es un perfil único, sino una suma de comportamientos diferentes.

Menos consumo no significa necesariamente menos interés

Esta es una de las cuestiones más importantes.

La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) estima que el consumo mundial de vino se redujo un 2,7 % en 2025, hasta situarse en unos 208 millones de hectolitros. España registró también una reducción, con un consumo estimado de 9,4 millones de hectolitros, un 5,2 % menos que en 2024. La propia OIV relaciona la evolución del mercado con factores económicos y con cambios estructurales en los comportamientos de consumo.

Pero una caída del volumen no permite concluir automáticamente que el consumidor haya perdido interés por el vino.

Puede significar también que consume de forma diferente.

Una persona puede beber menos veces al mes y prestar mucha más atención a la botella que compra.

Puede preferir una botella de mayor calidad para una ocasión concreta en lugar de consumir vino habitualmente.

Puede reservarlo para una comida especial.

Puede buscar vinos singulares.

O puede alternar el vino tradicional con productos de baja graduación o sin alcohol.

La industria necesita entender esa diferencia.

El nuevo consumidor busca valor, no solamente precio

El precio sigue siendo importante.

Especialmente para consumidores con menor capacidad adquisitiva.

Pero el nuevo consumidor también quiere saber qué recibe a cambio del dinero que paga.

Una botella puede justificar un precio superior si el consumidor entiende:

  • su origen;
  • la variedad;
  • la historia de la bodega;
  • el método de elaboración;
  • la singularidad del viñedo;
  • la calidad;
  • la sostenibilidad;
  • o la experiencia que representa.

El problema aparece cuando dos productos parecen prácticamente iguales a ojos del consumidor y uno cuesta mucho más.

En ese caso, el precio se convierte en la principal referencia.

Por eso, una de las grandes tareas del sector será explicar mejor el valor del vino.

No necesariamente venderlo más barato.

botella de vino sin etiqueta

El consumidor quiere saber qué hay detrás de la botella

La nueva cultura del vino también está relacionada con una búsqueda de autenticidad.

El consumidor puede querer saber:

¿Quién hace este vino?

¿Dónde están los viñedos?

¿Qué variedad de uva se utiliza?

¿Cómo se trabaja la tierra?

¿Por qué este vino es diferente?

¿Qué historia existe detrás de la bodega?

Esta curiosidad puede convertirse en una ventaja para un producto que tiene algo que muchas otras categorías no pueden ofrecer:

un territorio.

El vino permite hablar de paisaje, clima, cultura, patrimonio, agricultura, gastronomía y personas.

Y esa capacidad narrativa puede ser una de sus principales fortalezas frente a otras bebidas.

Del producto a la experiencia

Uno de los cambios más relevantes consiste precisamente en que el consumidor ya no tiene por qué acercarse al vino únicamente a través de la botella.

Puede hacerlo mediante una experiencia.

Una visita a una bodega.

Una ruta entre viñedos.

Una comida.

Una actividad de vendimia.

Una experiencia gastronómica.

Una visita cultural.

Un viaje.

Aquí el enoturismo adquiere un papel estratégico.

El enoturista no compra únicamente vino.

Compra tiempo, conocimiento, paisaje, gastronomía y recuerdos.

La propia Asociación Española de Ciudades del Vino (ACEVIN) analiza precisamente el comportamiento de los visitantes de las Rutas del Vino de España, incluyendo aspectos como sus motivaciones, gasto, estancia y satisfacción.

Esto abre una posibilidad enorme para el sector.

Una persona que todavía no es consumidora habitual de vino puede convertirse primero en visitante de una región vitivinícola.

Y esa experiencia puede ser la puerta de entrada al producto.

El nuevo consumidor también quiere participar

La relación con las marcas se ha vuelto más interactiva.

El consumidor puede descubrir un vino en redes sociales, buscar información sobre la bodega, leer opiniones, consultar una ficha técnica, comparar precios y finalmente comprarlo por internet.

El proceso de decisión se ha fragmentado.

Antes, buena parte de la comunicación se producía en la tienda o en el restaurante.

Ahora puede comenzar semanas antes.

Una fotografía.

Un vídeo.

Una recomendación.

Una historia sobre un productor.

Una visita virtual.

Una búsqueda en Google.

Una publicación de un amigo.

Todo puede formar parte del proceso.

Por eso, la presencia digital de una bodega ya no es un complemento de su estrategia comercial.

Forma parte de ella.

La confianza se construye antes de abrir la botella

El nuevo consumidor dispone de mucha más información.

Eso es una ventaja, pero también un problema para las marcas.

Una bodega puede contar una historia.

Pero el consumidor puede comprobarla.

Puede buscar opiniones.

Comparar productos.

Consultar precios.

Leer críticas.

Buscar información sobre la denominación.

Comparar añadas.

Y preguntar a otros consumidores.

La transparencia adquiere así un valor creciente.

No basta con decir que un vino es sostenible, artesanal, natural o especial.

El consumidor puede querer saber por qué.

Sostenibilidad: de argumento de marketing a criterio de elección

La sostenibilidad también está adquiriendo mayor relevancia dentro de la cultura del vino.

El consumidor puede prestar atención a cuestiones como:

  • agricultura ecológica;
  • biodiversidad;
  • consumo de agua;
  • gestión del suelo;
  • energía;
  • envases;
  • transporte;
  • emisiones;
  • conservación del paisaje.

Pero existe un riesgo.

Utilizar la sostenibilidad únicamente como reclamo comercial puede generar desconfianza.

El nuevo consumidor puede exigir pruebas, certificaciones o información concreta.

La sostenibilidad tendrá que dejar de ser únicamente un mensaje.

Tendrá que formar parte del producto y de la experiencia.

El vino sin alcohol entra en escena

Uno de los cambios más interesantes del mercado es la aparición de nuevas alternativas.

El vino sin alcohol y las bebidas de baja graduación permiten que determinados consumidores puedan participar en ocasiones tradicionalmente asociadas al vino sin querer consumir alcohol.

Esto amplía las posibilidades.

Una cena.

Una comida de trabajo.

Una celebración.

Un evento.

Una reunión con amigos.

Una comida familiar.

No todas las ocasiones tienen las mismas necesidades.

El consumidor puede querer vino tradicional en una ocasión y una alternativa sin alcohol en otra.

Por eso, el crecimiento del NoLo no tiene por qué significar necesariamente una sustitución.

Puede significar diversificación de las ocasiones de consumo.

La investigación sobre el mercado español del vino desalcoholizado muestra precisamente el interés creciente por esta categoría y señala diferencias generacionales en las actitudes hacia estos productos.

tipos de nuevos consumidores de vino

El nuevo consumidor puede beber menos alcohol

La moderación es otro de los elementos que están modificando el mercado.

No todos los consumidores quieren eliminar completamente el alcohol.

Algunos quieren reducirlo.

Otros reservan su consumo para determinadas ocasiones.

Otros alternan bebidas con y sin alcohol.

Y otros directamente prefieren productos sin alcohol.

Esta evolución está relacionada con el concepto sober curious, que describe una actitud de exploración o cuestionamiento de los hábitos tradicionales de consumo de alcohol.

Para el sector vitivinícola, la cuestión importante no debería ser únicamente cómo convencer a estas personas de que vuelvan a consumir vino tradicional.

También debería ser:

¿Cómo podemos seguir formando parte de sus ocasiones de consumo?

El nuevo consumidor no quiere que le digan cómo debe beber vino

Durante décadas, la cultura del vino ha estado acompañada de numerosas reglas.

La copa adecuada.

La temperatura adecuada.

El orden de servicio.

La combinación correcta.

La forma de catar.

El lenguaje técnico.

Todo esto forma parte del conocimiento del vino.

Pero existe una diferencia entre enseñar y aleccionar.

El consumidor actual puede estar dispuesto a aprender si la experiencia resulta atractiva.

Lo que probablemente funciona peor es transmitirle que necesita conocimientos previos para poder disfrutar.

El vino debería poder explicarse de forma rigurosa sin convertirse en una asignatura.

maridaje, vino y comida

La gastronomía puede ser una de las puertas de entrada

El vino mantiene una relación privilegiada con la gastronomía.

Y esa relación puede ser fundamental para captar nuevos consumidores.

En lugar de empezar explicando taninos, acidez o crianza, una comunicación dirigida a nuevos públicos puede comenzar con algo más sencillo:

¿Qué quieres comer?

A partir de ahí, el vino aparece como parte de la experiencia gastronómica.

Esto permite introducir conocimiento de una forma natural.

Y también abre oportunidades para los vinos sin alcohol.

Si la comida es el centro de la experiencia, la bebida puede adaptarse a diferentes preferencias.

El territorio gana importancia

Hay otra tendencia que puede favorecer al vino.

El interés por viajar con una finalidad cultural o gastronómica.

Una región vinícola reúne muchos de los elementos que busca este tipo de viajero:

  • paisaje;
  • gastronomía;
  • patrimonio;
  • naturaleza;
  • cultura;
  • producto local;
  • experiencias.

La Comisión Europea reconoce, además, la importancia del sector vitivinícola para las zonas rurales europeas y su relación con el patrimonio cultural y los paisajes.

Por tanto, el futuro del consumidor de vino puede construirse también fuera de la botella.

¿Quién es entonces el nuevo consumidor de vino?

No existe una única respuesta.

Pero sí podemos identificar algunos rasgos que cada vez adquieren mayor importancia.

Es más selectivo

Puede consumir menos, pero dedicar más atención a lo que compra.

Busca experiencias

No solo quiere productos; también quiere historias, viajes, gastronomía y momentos.

Está más informado

Tiene acceso inmediato a información y opiniones.

Compara más

Precio, calidad, origen, sostenibilidad y alternativas.

Valora la autenticidad

Quiere conocer quién está detrás del producto.

Tiene una relación más flexible con el alcohol

Puede alternar entre bebidas con alcohol, de baja graduación y sin alcohol.

Descubre el vino por nuevos canales

Redes sociales, gastronomía, viajes, recomendaciones y comercio electrónico pueden ser puertas de entrada.

No quiere sentirse excluido

Puede acercarse al vino sin tener conocimientos previos y sin necesidad de convertirse en experto.

El reto para las bodegas: crear más puertas de entrada

Este cambio obliga al sector a pensar de una manera diferente.

No todas las personas tienen que entrar al mundo del vino por la misma puerta.

Una puede hacerlo mediante una botella.

Otra mediante un restaurante.

Otra a través de una ruta del vino.

Otra mediante una visita a una bodega.

Otra a través de una recomendación en redes sociales.

Otra mediante un vino sin alcohol.

Otra por interés en una variedad autóctona.

Y otra por la gastronomía.

El objetivo no debería ser que todos consuman vino de la misma manera.

El objetivo debería ser que el mundo del vino resulte relevante para más personas.

el cine como apoyo al vino

El futuro no pasa necesariamente por beber más

Esta puede ser una de las grandes paradojas del sector.

Durante años, la respuesta ante la caída del consumo podía parecer evidente:

hay que conseguir que la gente beba más vino.

Pero quizá la estrategia del futuro tenga que ser diferente.

Si el consumidor quiere beber menos, la respuesta no puede ser simplemente convencerle de lo contrario.

Puede ser ofrecerle:

  • mejores productos;
  • más información;
  • nuevas experiencias;
  • nuevas ocasiones;
  • formatos diferentes;
  • alternativas sin alcohol;
  • experiencias enoturísticas;
  • mayor transparencia;
  • y una comunicación más cercana.

Es decir:

menos presión para consumir y más razones para elegir.

El vino que viene será más diverso

El nuevo consumidor no va a eliminar necesariamente al consumidor tradicional.

Ambos pueden convivir.

Habrá personas que seguirán buscando grandes reservas y vinos de larga crianza.

Habrá aficionados a los pequeños productores.

Habrá consumidores ocasionales.

Habrá jóvenes que descubran el vino a través de la gastronomía.

Habrá viajeros que lleguen al vino mediante el enoturismo.

Habrá consumidores interesados en vinos ecológicos.

Y habrá personas que prefieran alternativas sin alcohol.

El futuro será probablemente menos uniforme.

Y eso puede ser una buena noticia.

El verdadero reto es seguir siendo relevante

El principal riesgo para el vino quizá no sea que el consumidor beba una copa menos.

Puede ser que deje de considerar el vino relevante.

Que no aparezca entre sus primeras opciones.

Que no le interese conocerlo.

Que no quiera visitar una bodega.

Que no encuentre una ocasión para consumirlo.

Que lo perciba como demasiado caro o demasiado complicado.

Por eso, el futuro del vino dependerá en gran medida de su capacidad para seguir formando parte de la vida de consumidores con hábitos diferentes.

El nuevo consumidor no necesita necesariamente que el vino cambie su esencia.

Necesita que el sector sea capaz de mostrarle por qué el vino puede seguir teniendo sentido para él.

jovenes bebiendo vino

Menos cantidad, más experiencia

Quizá la evolución pueda resumirse en una frase:

el futuro del vino no tiene por qué consistir en consumir más, sino en conseguir que cada consumo tenga más valor.

Más territorio.

Más gastronomía.

Más conocimiento.

Más experiencia.

Más autenticidad.

Más opciones.

Y, cuando el consumidor lo demande, también menos alcohol.

La cultura del vino está entrando así en una nueva etapa.

Una etapa en la que la botella seguirá siendo importante, pero ya no será el único punto de contacto entre el consumidor y el mundo vitivinícola.

Porque el nuevo consumidor no solo quiere saber qué vino beber.

También quiere saber por qué beberlo, dónde descubrirlo, qué historia hay detrás y qué experiencia puede vivir alrededor de él.

Y ahí es donde el vino tiene todavía mucho futuro.

Sobrelías Redacción

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Por Sobrelías Redacción

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