![]()
Rioja y los 30 millones de litros de vino que nadie parece necesitar: la paradoja del sector
La vendimia de 2026 podría dejar en Rioja alrededor de 30 millones de litros de vino por encima de las ventas previstas. Una cosecha mucho más abundante que la anterior, buenas expectativas de calidad y, sin embargo, una preocupación que vuelve a repetirse en el sector: qué hacer con todo el vino que se produce cuando el mercado no consigue absorberlo.
La Denominación de Origen Calificada Rioja podría enfrentarse a una situación que refleja buena parte de los problemas que atraviesa actualmente la industria vitivinícola. Después de varios ejercicios marcados por una reducción de la producción y los esfuerzos para equilibrar las existencias, la vendimia de 2026 ha devuelto al territorio a unos volúmenes considerablemente superiores a los del año anterior. Sin embargo, el mercado no parece avanzar al mismo ritmo.
Las estimaciones difundidas por el sector apuntan a una producción cercana a los 250 millones de litros de vino, frente a unas ventas previstas de aproximadamente 220 millones. La diferencia dejaría un posible excedente de unos 30 millones de litros, equivalente a alrededor de 40 millones de botellas.
La situación va más allá de una cuestión de almacenamiento, comercialización o capacidad de las bodegas. Plantea una pregunta que afecta al conjunto del mundo del vino: ¿tiene sentido seguir aumentando la capacidad productiva cuando el consumo evoluciona en otra dirección?
Rioja vuelve a poner sobre la mesa una contradicción que el sector lleva tiempo intentando resolver: producir vino es una cosa; conseguir que alguien quiera comprarlo, otra muy diferente.
Una gran cosecha no siempre es una buena noticia
La campaña de 2025 había dejado una cosecha especialmente corta en Rioja, con aproximadamente 225 millones de kilos de uva, una de las menores de las últimas décadas. Aquella reducción permitió aliviar parcialmente la situación de las existencias y ofreció cierto margen a las bodegas para gestionar sus inventarios.
Pero 2026 ha cambiado el escenario. La vendimia ordinaria concluyó el 22 de septiembre con 333,77 millones de kilos de uva, aunque las entradas posteriores elevaron el acumulado hasta aproximadamente 358 millones de kilos.
El incremento respecto al ejercicio anterior ronda el 59%, una recuperación importante desde el punto de vista agrícola que vuelve a situar a Rioja en niveles de producción elevados. La campaña también estuvo marcada por su precocidad, con las primeras recolecciones iniciadas el 6 de agosto, y por unas condiciones sanitarias favorables para la uva.
Las primeras valoraciones técnicas apuntan a un buen potencial cualitativo, aunque la valoración definitiva de la añada dependerá de la evolución de los vinos durante su elaboración y crianza.
Por tanto, no estamos hablando de una mala cosecha ni de un problema de calidad del producto. La dificultad aparece cuando se analiza qué puede suceder con todo ese vino una vez elaborado.
Porque una buena cosecha puede convertirse en un problema económico si no existe una demanda suficiente para absorberla.
Cuando el vino producido supera al que el mercado necesita
La previsión de alcanzar unos 250 millones de litros de vino frente a unas ventas estimadas de 220 millones plantea un escenario complicado para la denominación.
La diferencia representa cerca de 40 millones de botellas de 75 centilitros que podrían incorporarse a las existencias del sector.
Es una cifra importante para una denominación que lleva varios ejercicios intentando recuperar el equilibrio entre producción, comercialización y almacenamiento.
El problema tampoco se limita a Rioja. El conjunto del sector vitivinícola español lleva tiempo afrontando dificultades derivadas de los cambios en los hábitos de consumo, la pérdida de demanda en determinados mercados y una acumulación de existencias que condiciona las decisiones de producción.
El vino compite hoy en un escenario diferente al de hace dos o tres décadas. Han cambiado las ocasiones de consumo, las preferencias de las nuevas generaciones, la relación con las bebidas alcohólicas y la forma en la que los consumidores descubren y compran productos.
En este contexto, producir más no garantiza vender más. Y aumentar la oferta sin que exista una respuesta equivalente de la demanda puede terminar generando una presión adicional sobre toda la cadena de valor.
El difícil equilibrio entre viñedo, bodegas y mercado
Rioja no ha permanecido ajena a esta situación. La denominación ya había adoptado medidas para intentar ajustar la producción a las posibilidades comerciales.
Las normas de vendimia de 2026, aprobadas con el respaldo del 97% de los votos del sector, establecieron un rendimiento amparable del 90% para las variedades tintas y del 100% para las blancas.
En el caso de las uvas tintas, el límite quedó establecido en 5.850 kilos por hectárea, mientras que para las blancas se fijó en 9.000 kilos por hectárea. Además, la producción que superase los rendimientos autorizados debía destinarse a destilación.
Estas decisiones formaban parte de una estrategia para contener los volúmenes y favorecer una recuperación del equilibrio comercial de la denominación.
La adaptación del sector a esta nueva realidad exige explorar diferentes alternativas, algunas de las cuales analizamos en nuestro artículo sobre tres tendencias para mitigar la crisis en el sector del vino.
Sin embargo, el fuerte incremento de la cosecha demuestra la dificultad de ajustar la producción cuando las condiciones agrícolas permiten obtener una cantidad importante de uva y las necesidades comerciales siguen siendo más limitadas.
La cuestión que vuelve a plantearse es si las medidas actuales son suficientes o si Rioja tendrá que afrontar nuevas decisiones para evitar que las existencias sigan creciendo.
No es una decisión sencilla. Reducir rendimientos, limitar la producción o plantear ajustes en la superficie de viñedo tiene consecuencias económicas y sociales para miles de productores y para territorios cuya actividad depende directamente de la viticultura.
Los viticultores, el eslabón más vulnerable
Uno de los efectos más preocupantes de un posible excedente es su repercusión sobre quienes están en el origen de la cadena de valor: los viticultores.
Cuando la oferta supera las posibilidades de comercialización, la presión suele trasladarse al precio de la uva y del vino a granel. Las bodegas pueden encontrarse con mayores dificultades para gestionar sus compras y existencias, mientras que los productores tienen menos capacidad para negociar unas condiciones económicas que compensen los costes de cultivo.
El presidente de ARAG-ASAJA, Eduardo Pérez Hoces, ha advertido de las dificultades de rentabilidad que atraviesan numerosos viticultores y de la necesidad de que las bodegas paguen precios adecuados por la uva.
El escenario resulta especialmente delicado para las explotaciones familiares, que deben afrontar gastos de mano de obra, tratamientos, maquinaria, combustible y mantenimiento del viñedo, independientemente de que el mercado termine absorbiendo o no toda la producción.
Por eso, el debate sobre los excedentes no puede limitarse a una cuestión de almacenamiento o de capacidad de las bodegas. También afecta directamente a la viabilidad económica de miles de explotaciones.
Una denominación puede tener reconocimiento internacional, bodegas de prestigio y vinos con una trayectoria comercial consolidada, pero eso no garantiza que todos los participantes de su cadena productiva obtengan una rentabilidad adecuada.
Esta situación también debe entenderse dentro de una crisis más amplia que afecta a diferentes territorios productores, como ya planteábamos en nuestro análisis sobre la crisis del vino español que nadie quiere reconocer.
El vino necesita consumidores, no solamente capacidad productiva
El sector vitivinícola lleva años hablando de modernización, internacionalización, innovación y nuevas oportunidades comerciales. Sin embargo, en ocasiones parece olvidar que toda esa estructura necesita algo fundamental para funcionar: consumidores dispuestos a comprar y disfrutar del vino.
La transformación de los hábitos de consumo, la competencia de otras bebidas, los cambios generacionales y la menor presencia del vino en determinados momentos de consumo obligan a replantear algunas estrategias tradicionales.
«Es una cuestión que ya hemos abordado al analizar por qué el vino español no tiene un problema de calidad, sino un problema de consumidor. La capacidad de elaborar grandes vinos no garantiza que existan suficientes compradores interesados en incorporarlos a sus hábitos de consumo».
No basta con producir más, elaborar mejor o conseguir reconocimientos internacionales. También hay que preguntarse quién va a consumir esos vinos, en qué ocasiones, a qué precios y qué está haciendo el sector para conectar con quienes hoy apenas se acercan a una copa.
El posible excedente de Rioja no es solamente un problema de una denominación. Es una señal que debería invitar a reflexionar sobre el modelo de crecimiento de toda la industria.
El vino necesita seguir conquistando consumidores, recuperar ocasiones de consumo y encontrar nuevas formas de acercarse a quienes no tienen actualmente una relación habitual con este producto.
Esto no significa renunciar a la tradición ni modificar la identidad de los territorios productores para adaptarse a cualquier tendencia. Significa entender que la continuidad de una cultura vitivinícola también depende de su capacidad para seguir teniendo sentido en la sociedad actual.
¿Qué significa tener demasiado vino para el consumidor?
El vino habla demasiado de vino y demasiado poco con el consumidor.
Una de las preguntas que puede hacerse el consumidor es si este posible exceso de producción terminará traduciéndose en vinos más baratos.
La respuesta no es inmediata. Los vinos de Rioja tienen diferentes periodos de elaboración y crianza, por lo que una mayor disponibilidad de vino no se traslada automáticamente a los precios de las botellas que encontramos actualmente en los establecimientos comerciales.
No obstante, una acumulación de existencias puede incrementar la presión comercial, especialmente en los vinos de mayor rotación y en las categorías que compiten en segmentos de precio más ajustados.
También puede favorecer una mayor actividad promocional y una competencia más intensa entre bodegas y distribuidores.
Para el consumidor, esto podría representar oportunidades de encontrar determinadas referencias a precios más atractivos, aunque todavía es pronto para anticipar cómo evolucionará el mercado.
Hay, además, otra cuestión que merece atención: no todos los vinos pueden competir únicamente por precio. Rioja ha construido buena parte de su prestigio sobre la diversidad de estilos, la crianza, el origen y la capacidad de ofrecer referencias con diferentes perfiles y posicionamientos.
Una situación prolongada de exceso de oferta podría dificultar precisamente ese trabajo de diferenciación.
La gran pregunta: ¿producir más o vender mejor?
La situación prevista para 2026 vuelve a colocar sobre la mesa un debate que afecta a buena parte del sector vitivinícola español.
Durante años, muchas regiones han trabajado para incrementar su capacidad productiva, ampliar mercados y consolidar su presencia internacional. Pero el escenario actual obliga a introducir otro elemento en esa ecuación: la demanda real (el desafío generacional del vino en España).
Rioja tiene una estructura productiva consolidada, un reconocimiento internacional y una importante diversidad de bodegas y vinos. Sin embargo, ninguno de esos factores garantiza que todo el vino que puede producirse encuentre comprador.
La recuperación de la cosecha es una buena noticia desde el punto de vista agrícola, especialmente después de un año tan corto como 2025. Pero si esa recuperación termina generando un nuevo excedente, el sector tendrá que volver a plantearse cómo adaptar sus volúmenes a las posibilidades comerciales.
Quizá el problema no esté únicamente en cuánto vino se produce, sino en cuánto se vende, a quién se vende y qué se está haciendo para que nuevas generaciones encuentren motivos para consumirlo.
La paradoja es evidente: una denominación puede tener una buena cosecha, disponer de uva de calidad y contar con algunas de las bodegas más reconocidas del país y, al mismo tiempo, encontrarse ante un problema económico por producir más vino del que consigue vender.
Y esa es una reflexión que Rioja debería afrontar, pero que también debería hacer el conjunto del sector vitivinícola español.

Sobrelías Redacción
Sobrelías Redacción




