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Un reciente estudio publicado por la revista científica RIVAR, realizado por investigadores españoles, analiza los factores que influyen en que los jóvenes españoles se alejen cada día más del mundo del vino.
El consumo de vino en España ha caído un 6,1 % en el último año, hasta los 9,18 millones de hectolitros. El canal hostelero, motor tradicional del sector, retrocede un 6,5 % en volumen. Mientras, un estudio revela que el 30,5 % de los jóvenes entre 18 y 29 años ya ha probado vinos sin alcohol y priorizan formatos informales como latas o mini botellas. La industria se divide: unos piden «educar» al consumidor; otros, cambiar o desaparecer.
El dato que duele
En enero de 2026, el consumo aparente de vino en España se situaba en 925,5 millones de litros, un 4,9 % menos que el año anterior. La caída se ha acelerado en los últimos trimestres de 2025, con una pérdida acumulada cercana a los 50 millones de litros. El canal extradoméstico (bares, restaurantes, hoteles) ha registrado su primera corrección relevante desde la recuperación post-pandemia: un descenso del 6,5 % en volumen y del 2,3 % en gasto.
Pero hay un matiz que la industria no quiere ver: en el hogar, el vino de calidad resiste. Los vinos con Denominación de Origen Protegida crecen un 1,1 % en volumen, y el blanco tranquilo de calidad avanza un 5,6 % en volumen y un 7,6 % en gasto. El problema no es que no se beba vino: es que se bebe menos, pero mejor.
La generación Z no quiere sermones
«Los jóvenes redefinen la relación con el vino», concluye el artículo publicado recientemente por investigadores españoles. Y esa redefinión no pasa por memorizar las 96 Denominaciones de Origen de España, sino por encontrar en el vino algo que encaje en su estilo de vida: accesible, sostenible, sin culpay, sobre todo, que quien hable del vino, sea un reflejo u¡o espejo en el que los jóvenes se puedan identificar, y no encontrarse con spetuagenarios u octogenarios recomendando vinos que están lejos de las «economías que manejan los jóvenes».
En el sector, la fractura es evidente. Por un lado, los paladares del pasado: sumilleres, críticos y bodegueros que insisten en que el problema es la «falta de educación» del consumidor. Que los jóvenes «no entienden» el vino. Que hay que enseñarles a catar, a apreciar, a respetar.
Por otro, los innovadores del presente: enólogos de 30 años que están revolucionando bodegas centenarias, que apuestan por etiquetas transparentes, por vinos naturales, por el vino en lata, por experiencias en lugar de cátedras.
«El 76 % de los consumidores españoles considera que el vino de origen español es de buena o muy buena calidad», dice el estudio. Pero solo el 28 % declara tener un conocimiento elevado sobre las DO. Y el 64 % muestra preocupación por la claridad del etiquetado.
La contradicción es brutal: el consumidor valora el producto, pero la industria no le habla en su idioma.
La cerveza no es el enemigo. La inercia, sí.
El vino de precio medio y medio-bajo, el de la gran distribución, es el que más sufre. La competencia de la cerveza y el ajuste presupuestario de los hogares ejercen presión directa.
Pero la cerveza artesanal no ganó por ser más barata: ganó por ser más relevante. Por construir comunidad, por entender Instagram, por no pedirle al consumidor que se sienta aprobado en una cata antes de disfrutar una copa.
El vino no está muriendo. Lo que está muriendo es una forma de entenderlo: elitista, rígida, ajena a los tiempos. La pregunta no es si los jóvenes beberán vino. La pregunta es si la industria estará dispuesta a dejar de sermonear para empezar a escuchar.
¿Es el vino un producto que debe «educar» al consumidor, o un producto que debe adaptarse a quien lo bebe?

Sobrelías Redacción
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